La Psicología al alcance de todos
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30 años Una etapa para reflexionar

Al llegar a esta década, solemos detenernos a hacer balance de nuestra vida y el resultado no siempre nos gusta.

Parece mentira, pero dejar de anteponer un dos delante de la cifra de la edad, para sustituirlo por un tres, nos produce sensación de vértigo a la mayoría de las mujeres. La redonda y contundente cifra de los 30 años abre la puerta a esa década en la que se revisa con lupa el pasado, y no queda otro remedio que tomar decisiones, consolidar proyectos y decidir, sin dilación, qué queremos hacer con el resto de nuestra vida.

¿Hice lo que realmente deseaba?

“Acababa de cumplir los 33 años cuando me encontré por casualidad con una amiga del colegio —cuenta Adriana, ama de casa y madre de dos chicos de 7 y 9 años—. De pronto, al oírla hablar de su trabajo, viajes y aventuras, me vi como una mediocre que, a cambio, sólo podía ensalzar las excelencias del chalé propio, de los hijos y del último asado al que nos invitaron los compañeros de trabajo de mi marido. ¡ Vaya vida apasionante la mía! De regreso a casa empecé a pensar en qué había sido de mis sueños de juventud. Yo quería ser decoradora, pero apareció Ernesto, nos enamoramos, nos casamos, llegó el primer hijo y yo guardé mis ilusiones de arreglarles la casa a los demás para dedicarme a la mía. Y lo hice de mil amores. Sin embargo, ahora me pregunto si no habrá sido un error. Quiero a mi marido y a mis hijos con toda mi alma pero, de repente, mi vida me parece una sucesión de aburridísimas escenas hogareñas”.

Para Adriana, el encuentro con su amiga no fue más que el factor desencadenante de una crisis que, probablemente te, se estaba gestando en su interior durante algún tiempo, y cuyos síntomas suelen ser apatía, falta de ilusión, cansancio físico, aburrimiento…

“Cuando los chicos empie­zan a ser más independientes, muchas mujeres que habían dedicado toda su energía a cuidar de ellos dejan de sentirse imprescindibles y notan un enorme vacío interior”, apunta la psiquiatra Norma Ferro. “Muchas se dan cuen­ta de que han postergado sus intereses para centrarse exclusivamente en los de su marido y sus hijos, que llevan años sin hacer lo que desean (ya casi no saben qué les gusta), que no tienen aficiones ni amigos propios y que, incluso, sus re­laciones de pareja se han ido
convirtiendo en pura rutina”.

Mirar adelante, nunca hacia atrás

Por otra parte, a esta edad apa­recen las primeras arrugas y, si la mujer pasa, además, por una crisis, las vive como el adiós definitivo a su juventud. “La solución —dice Norma Ferro— no consiste en recupe­rar los viejos sueños. El pasa­do no se puede cambiar y a estas alturas de nada vale cuestionarse si se tomaron las decisiones correctas. Lo que se hizo, por algo se hizo. Lo importante es sentarse a refle­xionar sobre el futuro, pensar qué les gustaría hacer en ese momento, qué les molesta de su vida, qué se puede cambiar… y poner manos a la obra. Si a Adriana, nuestra lectora, le sigue gustando la decoración, puede anotarse en un curso por corresponden­cia, ir a clases de restauración o bricolage, o rediseñar su ca­sa y la de sus vecinas”.

Una segunda oportunidad

Buscar una segunda oportu­nidad no significa buscar un desquite. Uno debe intentar comprender por qué se hizo lo que se hizo y darse cuenta de que, tal vez, su propio crecimiento hoy le está planteando otras necesidades.

Quizás tener hijos hace cinco, diez o quince años era lo más deseado pero hoy ya no alcanza, o con lo experimentado sobra. Por lo general, estas “crisis” aparecen con lo que se ha dado en llamar “la segunda mitad de la vida”, que es un momento de los re­planteos.

Pensar qué se quiere hacer con esa “larga segunda mitad” es una tarea muy importante.

Hoy sabemos que nada es para siempre; la movilidad es una característica de estos tiempos y lo que fue bueno ayer no significa que sea ma­lo hoy, sino que ya no es lo deseable. Buscar los propios deseos puede ser la tarea de esta época en la que, quizás, uno esté más grande, maduro e independiente.

Pero lo que debemos asimilar es que nunca se tiene to­do lo que se quiere. Julia, economista de 34 años recién ca­sada, le comentaba a su hermana Analía (de 36, y casada desde los 18) lo mucho que envidiaba el que sus hijos tuvieran ya 17 y 15 años. Ella, en cambio, sentía que ya le quedaba poco tiempo para quedar embarazada pero, por otra parte, le habían ofrecido un puesto de responsabilidad en su empresa que quería aceptar. “Ojalá yo tuviera hijos tan grandes como tú —decía Julia—. Ahora podría dedicarme a mi profesión”. “Sí —contestó Analía— pero, si los hubieras tenido a los 18, te habrías pasado el día entre pañales sin poder estudiar y ahora tendrías un trabajo tan monótono como el mío”.

“La mujer está muy definida por el rol maternal —dice Norma Ferro— y, al entrar en la década de los treinta, las que no han tenido un hijo o las que quieren tener otro más se dan cuenta de que su reloj biológico sigue avanzando sin parar. No hay tiempo para pensar una decisión tan importante; es ahora o nunca, y esto les produce angustia”.

Algunas se encuentran en la situación de Julia, tienen que decidir entre su profesión o la maternidad y se preguntan por qué no habrán planificado mejor su vida. Otras no se habían planteado tener hijos, pero de repente empiezan a pensar: “¿Qué pasará si, cuando ya no pueda tenerlos, descubro que los necesito?”. Y se lanzan a una carrera desesperada para encontrar cuanto antes un marido; o deciden tenerlos solas, sin pensar si verdaderamente lo desean y si están dispuestas a modificar su vida por un bebé o si ese instinto maternal recién estrenado no será uni­camente miedo a la soledad.

Es el momento de poner remedio

Lo más importante es enfrentarse al descontento, asumir francamente que no nos gusta nuestro modo de vida y buscar una salida con calma.

Antes que nada, hay que evaluar en una forma realista lo que se tiene: hijos, un marido al que se quiere, una situación económica estable. O en otros casos: libertad, dinero, un buen puesto de trabajo…

Después, tratemos de hacer un esfuerzo para imaginar cómo sería la vida si hubiéramos ido por otro camino. Resulta eficaz hablar con alguna amiga que viva de forma opuesta a la nuestra, así podremos desmitificar lo que no tenemos, porque en todas las situaciones hay pros y contras que conviene conocer antes de amargarnos pensando que nos hemos equivocado.

A continuación, debemos analizar qué es lo que nos gustaría hacer, por qué no lo hacemos y qué posibilidades hay de llevarlo a cabo. De nada vale reprimir la sensación de descontento. Si la vida que llevamos no nos gusta, pero no hacemos nada por mejorarla, la sensación de infelicidad irá creciendo hasta contaminar a todos, incluidos los chicos. Por ellos y por nosotras, hay que detectar dónde reside el problema y atajarlo de raíz: buscando nuevas aficiones, solicitando ayuda a nuestra pareja, asistiendo a cursos… Y si vemos que solas no podemos con el problema, recurramos, sin dudarlo, a la ayuda de un psicólogo.

María Quiñonesl

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