La Psicología al alcance de todos
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Embarazo: La mente también cambia

Todo embarazo, aunque no se trate del primero, provo­ca una verdadera revolución psicoló­gica en la mujer.

El embarazo es la “gran aventura de la vida” de la mujer y, como tal, repercute profundamente en sus sentimientos. Los cambios que se producen son tan dispares como distintas las personalidades previas de cada embarazada, su entorno sociocultural, su situación laboral, su relación de pareja y etapa de la vida en que sucede el embarazo.

La mujer depresiva seguramente tendrá más dificultad pa­ra exteriorizar la alegría del embarazo. Otra, temerosa y dubitativa, puede tener sentimientos encontrados y fantasías negativas con respecto al parto y al bebé. Por el contrario, la aventurera, la muy segura de sí misma, suele vivenciar esta etapa como un atrapante desafío, llena de optimismo.

A nadie debe preocuparle las pesadillas en las que aparecen imágenes de bebés con problemas o complicaciones del parto. Es natural que, alguna vez, a lo largo de los nueve meses, esto ocurra. Si ellas se suceden con frecuencia cada vez mayor, estaría indicada la consulta psicológica —además del curso habitual de preparación para la maternidad— a los fines de esclarecer los motivos de esas fantasías.

¿Un estado de buena esperanza?

La mayoría de las mujeres que desean tener un hijo encuentran gran satisfacción en lograr el embarazo. Algunas pueden atravesar períodos de angustia y ansiedad —algo totalmente normal y esperable—. Nuevamente, si estos síntomas prevalecen sobre la alegría y la esperanza, se impone la atención psicológica.

Los cambios corporales también repercuten en la mente. La pérdida de la silueta —sobre todo cuando el aumento de peso es exagerado— suele ser el signo que más duramente golpea el ego de la embarazada. Tiene miedo. Le preocupa no volver a ser nunca más la de antes o —algo muy frecuente— que su marido no la mire y se sienta atraído por otras mujeres. La gimnasia pre parto, una dieta equilibrada y el poder hablar de estos temas con la pareja y con los profesionales del equipo obstétrico, ayudan eficazmente a contrarrestar estos sentimientos negativos.

Los conflictos de la mente

El embarazo es un proceso intrínsecamente complicado, con una conflictiva de la cual es muy difícil “escapar”. Los cambios en el estado de ánimo, el pasaje rápido de sentimientos depresivos a la alegría (a veces casi exagerada) no sorprenden a los especialistas.

Por más deseado que haya sido el embarazo y normal su desarrollo, los sentimientos encontrados son un lugar común.

Más tarde o más temprano, todas las futuras mamás se dan cuenta de que su vida —incluyendo su relación de pareja— va a cambiar con la llegada del hijo. Hay razones obvias: sólo pensemos en los pañales, la teta, las noches en vela, la cuarentena… Pero también hay otras inconscientes, difíciles de advertir, entre ellas la confrontación con la propia madre, la relación entre madre e hija, la mayor o menor felicidad con que la madre adopte su nuevo rol de futura abuela… Los más intrincados conflictos de la infancia también pueden resurgir en este momento. Su impacto, como hemos dicho, dependerá en gran medida de la personalidad de base de la embarazada.

Dudas, temores, fantasmas… ¿Qué mujer no se cuestionó alguna vez a lo largo de los nueve meses acerca de su capacidad para criar y educar un hijo? ¿Qué pareja no se sintió atemorizada frente al desafío de ser padres? Suele surgir el deseo de no repetir los “errores” cometidos por sus propios padres. Nuevamente, es-ta problemática afectará de manera totalmente diferente a quien haya crecido agobia-da por las dudas y los resentimientos que a quien lo haya hecho dentro de una feliz integración familiar, en la que se supo dar cabida al fortalecimiento de la personalidad de sus hijos. La fantasía del robo de un hijo —que según algunos autores puede estar representando el miedo a que la futura abuela se “apropie” sentimentalmente del bebé— puede aparecer en aquellos casos en que la madre de la embarazada (de personalidad fuerte y posesiva) aún no ha “liberado” a su hija de su férreo control. Si, por el contrario, los padres han apoyado el sentimiento de libertad y la seguridad individual de sus hijos, es difícil que la futura mamá —y por qué no su marido— tan siquiera conciban la posibilidad de una confrontación a la hora de recibir el cariño del bebé.

Los hijos: una dulce obligación

El nuevo bebé modificará no sólo la vida de los padres, también impactará en el resto de la familia. “Hay que hacerle un huequito al hermani-to”, escuchamos decir por ahí. Si el medio familiar no se adapta adecuadamente pueden surgir reproches, peleas y reclamos. Discutir extensamente una y otra vez, así como reasegurar a los demás hijos el cari-ño de siempre, es obligación de la embarazada y su marido. En cuestiones de familia, no hay nada que el amor no pueda curar. Sólo se trata de poner los engranajes en fun-cionamiento. La mayoría de las mujeres afirma encontrarse en “plena forma” y totalmente satisfechas con su panza, que lucen con orgullo. Muchas se animan a hacer cosas antes impensadas, como si hubieran relegado la palabra “miedo” al desván de los recuerdos. “Nunca había podido decirle ami mejor amiga lo mucho que me molestaba que me diera consejos continuamente, pero ahora la pongo en su sitio con mucha tranquilidad”, comentaba Patricia, en su séptimo mes de embarazo. Los profesionales coinciden en que la situación de la mujer inmersa en el proceso de dar vida a un nuevo ser es privilegiada. El organismo es-tá realizando un auténtico derroche de fuerzas y eso repercute positivamente en la mente, aunque no se piense demasiado en eso. Testimonios como el de Marisa —que acaba de incorporarse al trabajo después de la licencia por maternidad— son habituales: “Ahora que volví a hacer las mismas cosas de antes, tengo la sensación de que me falta algo. Mi hijo está en casa y eso me alegra pero noto como un extraño vacío”. Cuando una mujer está en-cinta. es inevitablemente el centro de su universo. Pareja, familiares, amigos y conocidos permanecen pendientes de ella, y esa circunstancia (que acaba bruscamente con el parto) resulta muy placentera y reconfortante para todo ser humano.

Un camino sin posibilidad de retorno Sería falso afirmar que existen embarazadas que nunca fantasearon con relación al miedo al parto. Todas, en mayor o menor medida, han enfrentado en algún momento del embarazo ese temor. Miedo a no darse cuenta de las contracciones, a no poder pujar, a descontrolarse y gritar… El solo hecho de tener que entrar en una clínica o en un hospital ya es demasiado para algunas mujeres. Sin embargo, los aportes de la psicoprofilaxis obstétrica (preparación para la maternidad) han modificado sustancialmente estos temores. También han contribuido las modificaciones arquitectónicas en las instituciones hospitalarias: cada vez más maternidades se asemejan —cuando eso es posible— a verdaderos hoteles, confortables, agradables. Aun en muchos de los más pobres hospitales públicos, las cooperadoras y las voluntarias suelen hacer lo imposible para quitar el frío de los azulejos blancos y reemplazarlos por la calidez de las flores, los cortinados y los cubrecamas de colores. En la opción de ciertos ortodoxos del psicoanálisis, la maternidad es un punto de llegada del que no hay retorno. Requiere madurez, elaboración psíquica y, en el embarazo, se empieza a desarrollar el miedo a la responsabilidad que supone hacerse cargo de la vida de otro por un largo tiempo. A tanta severidad, por suerte, se le responde habitualmente con una sorprendente naturalidad. La tarea de ser madre no es difícil pero tampoco sencilla. Los cambios de ánimo posibilitarán que la mujer llegue al parto en condiciones de afrontarlo éxitosamente desde lo psicoemocional. Es lo que hemos observado quienes, a lo largo de muchísimos años, hemos asistido una y otra vez al emocionado abra-zo e incontenible llanto de alegría con que las madres —casi por regla general— reciben al bebé ni bien el pediatra se lo pone en el pecho. Emoción a la que no escapa el nuevo papá, recostado sobre la cama o el sillón de parto, muy cerca, muy juntito a su —ahora más grande— familia.

Edgardo Rolla ■

 

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