La Psicología al alcance de todos
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¿Cómo nace la inteligencia del bebé?

Resulta asombroso: en unos meses, el recién naci­do pasará de ser el más torpe y desvalido de la creación al más inteligente.

Cuando un chimpancé tiene hambre y quiere comer unas bananas que se encuentran fuera de su alcance, se le ocurren trucos como subirse a un cajón o agarrar un palo, ayudándose de esta forma para apre­hender el objeto de su deseo. Un bebé menor de un año no sabría hacerlo. ¿Es el mono más inteligente que el chico?

Para afirmar o negar esta pregunta, habría que preguntarse primero qué es la inteligencia. No se trata de una “cosa” que se pueda tocar o delimitar claramente, sino de una abstracción sobre la base de una serie de conductas, como podrían ser la comprensión o la elaboración de da­tos. Realmente, no es fácil describirla. Por eso, no es de extrañar que las definiciones de la inteligencia varíen según los distintos autores. Por ejemplo, se ha dicho que la inteligencia es:

■ La capacidad de aprender.

a La capacidad de adaptarse al medio ambiente.

■ La facultad de resolver pro­blemas.

a El hecho de tener memoria. a La capacidad de pensar en forma abstracta.

Como veremos más ade­lante, el bebé humano posee todas estas capacidades. El monito indudablemente es capaz de resolver ciertos problemas pero, a partir de determinado punto, su inteligencia logra un máximo distinto del de la inteligencia humana. La del niño, por el contrario, es potencialmente tan rica que los resultados de su desarrollo son insospechables.

La inteligencia necesita un físico, que es el siste­ma nervioso central, com­puesto por el cerebro y sus neuronas, la médula espinal y la vasta red de nervios re­partidos por todo el cuerpo.

Cuando el bebé na­ce, su cerebro pesa unos 400 g

y posee alrededor de 15.000 millo­nes de neuronas.

Ya durante el embarazo el cerebro ocupa un lugar espe­cial: su crecimiento no se rea­liza en fases, como ocurre con los demás órganos, sino du­rante todo el tiempo, alcan­zando en ciertos momentos velocidades vertiginosas: 20.000 nuevas neuronas por minuto. Cuando el bebé nace, su cerebro pesa unos 400 gra­mos y posee unos 15.000 mi­llones de neuronas. Sin em­bargo, en ese momento aún falta mucho para que alcance su madurez total. Primero de­ben formarse unas prolonga­ciones o ramificaciones de las neuronas, y éstas deben adqui­rir la capacidad de conectar con otras neuronas. Estos pun­tos de conexión, por donde “corre” —digámoslo así— “la corriente de la inteligencia”, son las llamadas sinapsis. ¿Qué hace el bebé con toda esa materia prima? La vieja pregunta de si la inteligencia se adquiere o se hereda está en gran parte contestada. Si bien la genética juega un papel en la conformación del cerebro, sin la interacción con el entorno, el pequeño no puede desarrollar sus ramificaciones y conexiones neuronales. El cerebro no crece como una pierna o una mano, sino que se desarrolla influido por los estímulos que le llegan desde bebé es mucho más precoz en sus manifestaciones inteligentes de lo que él pensaba. Mientras que según Piaget la inteligencia no se muestra antes de los ocho o nueve meses, varios investigadores norteamericanos han podido comprobar que la capacidad de reconocer, catalogar, recordar y procesar información aparece mucho antes.

Pero vayamos por partes. Aunque la inteligencia se manifieste más pronto de lo que se pensaba, su evolución transcurre de acuerdo con determinadas etapas.

La inteligencia al nacer:

El bebé es un ser relativa­mente desvalido que, para sobrevivir, sólo cuenta con sus reflejos innatos.

Uno de los más importantes es el reflejo de la succión ya que, además de servir para procurarle el alimento, tam­bién tiene gran importancia evolutiva. No funciona en for­ma automática, sino selecti­va. Es más fuerte cuando el bebé tiene hambre pero, in­cluso teniendo hambre, no ad­mite cualquier alimento ni cualquier medio para recibir­lo. Rechazará todo lo que no sea el pezón o un sustituto en forma de pezón, como la tetina o el chupete. Pero tam­bién rechazará un pezón o una tetina embadurnados con una sustancia ácida o amarga.

Según un experimento de Meltzoff y Borton, de la uni­versidad de Washington, be­bés de sólo un mes de edad exploraban y comparaban un chupete liso y redondo y otro que tenía pequeños picos, quedándose definitivamente con el redondo.

Pronto el reflejo de suc­ción deja de ser un simple re­flejo y se diferencia cada vez más. El pequeño empieza a comprobar si puede chupar mejor así o asá, si alcanza el pezón mejor desde un ángu­lo o desde otro. Lo mismo ocurre también con otros re­flejos innatos como, por ejemplo, el de la aprehensión. Primero, el bebé agarra el de­do de papá por reflejo, más adelante, por casualidad y, fi­nalmente, porque quiere ha­cerlo.

Estas sucesivas etapas del reflejo a la acción consciente significan un paso gigantes­co en el desarrollo de la inte­ligencia. Pero, como decía­mos anteriormente, el bebé tiene que evolucionar por eta­pas. Estas están bien defini­das y no se alteran nunca. Es decir, en ningún bebé la eta­pa tres se produce antes de la dos. Esto es algo en lo que to­dos los científicos están ple­namente de acuerdo.

Por lo tanto, tratar de apre­surar dichas fases de la evo­lución del pequeño sería con­traproducente.

Durante los tres primeros meses:

Se producen cambios cuali­tativos muy importantes en la evolución del bebé.

Gradualmente, cobran cada vez más importancia las siguientes acciones:

■ La repetición de determinados mo­vimientos.

La prolongación o la ampliación de los movimientos que producen pla­cer (el bebé prolon­ga el placer de suc­cionar el pecho ma­terno chupándose un dedo o una es­quina de la sábana).

■ La anticipación a los actos placente­ros (comienza a succionar aun antes de llegar el pecho o el bibe­rón a su boca).

a La imitación (el bebé trata de imitar gestos y sonidos).

La curiosidad (el pequeño sigue con la vista los objetos que se mueven, o gira su ca­beza hacia ellos).

El aprendizaje a partir de los reflejos se conoce con el nombre de “reacciones circu­lares”. Estas no son tan ele­mentales como antes se pen­saba. Esto lo muestra otro ex­perimento (A. Streri): al co­locar determinado objeto en la mano de un bebé de dos meses, él lo reconoce poste­riormente a través de la vista. Es decir que no vive en un mundo de percepciones con­fusas, sino que su mano reco­noce lo que ven sus ojos, y sus ojos perciben visualmente lo que han tocado sus manos. Lo que significa que desde muy temprano el entorno del pe­queño es coherente y, por lo tanto, inteligible.

Muy pronto, entre el pri­mero y el segundo mes, aparece también la distinción entre personas y cosas. Desde el principio, el recién nacido reacciona mucho más a la voz humana que a cualquier otro sonido, y lo que más llama su atención visualmente es el rostro humano. Lo primero que provoca su sonrisa es la cara de la madre o de la per­sona que la sustituye. “El be­bé —señala René Spitz— no le sonríe a la mamadera, sino que sonríe al rostro del adul­to”.

Más adelante comprende­rá que él es otra cosa que la madre y que la madre no es lo mismo que el biberón, y tam­bién empieza a distinguir las personas entre sí: el padre, los hermanos y otras personas ex­trañas.

 

A partir del cuarto mes:

Es el momento de desarrollar el pensa­miento abstracto.

Las llamadas “reacciones cir­culares” se multiplican y se amplían: el bebé no sólo re­pite una acción placentera re­lacionada con su propio cuer­po, sino también con el exte­rior. Por ejemplo, le gustó el ruido que hace el sonajero, descubierto por casualidad, y ahora repite una y otra vez el gesto que provoca el ruido. Crece su deseo de tomar con­tacto activo con todo lo que lo rodea. Si al principio él reaccionaba a su entorno, aho­ra quiere que su entorno reac­cione a él.

También distingue cada vez mejor las caras humanas, no sólo la de su madre de to­das las demás, sino también las femeninas de las masculi­nas, las amables y sonrientes de las serias o enojadas.

Un elemento muy impor­tante del desarrollo de la in­teligencia es el concepto de la permanencia, esto es, la no­ción de que los objetos siguen existiendo aunque en ese mo­mento no estén visibles. Pia­get y otros psicólogos de su época pensaban que esta no­ción no se desarrollaba antes de los ocho o nueve meses. Situaban en el comienzo de la noción de conservación el “rudimento psicomotor” de lo que será el pensamiento abstracto. El pequeño que sa­be que el muñeco sigue exis­tiendo, aunque esté escondido detrás de una caja, tiene una imagen mental de ese muñeco, no necesita ver el objeto real para que éste exista en su mente. Ahora bien; nuevas investigaciones, realizadas en los años ochenta, muestran que los bebés tienen un concepto abstracto de los objetos ya alrededor de los cuatro meses. Esa capacidad que surge en el chico de representar mentalmente el objeto o la persona ausente hace que juegos como el “cucú” —y otros por el estilo— sean tan importantes, aunque haya que repetirlo mil veces. También se puede jugar a esconder una pelota o el rostro de la madre detrás de un pañuelo.

A partir del octavo mes:

El bebé está lanzado. Aprende y aprende con prisa y sin pausa.

El cerebro ha creado ya tan­tas ramificaciones y conexio­nes que el aprendizaje se vuel­ve cada vez más vertiginoso. El bebé ya sabe coordinar bastante bien sus intenciones y sus capacidades físicas (si su intención es agarrar una pe­lota, puede ir gateando tras ella). Es cada vez más capaz de representarse mentalmen­te las situaciones y adaptarse a ellas. Sabe con seguridad que la madre sigue existien­do aunque no la vea, hecho que reduce considerablemen­te su angustia cuando ésta de­saparece. También entiende palabras sencillas y reconoce las canciones y los juegos de mano a que está acostumbra­do. Aprende las manipulacio­nes manuales por el sistema de ensayo y error, pero nece­sita repetirlas muchas veces para estar seguro de que un hecho aprendido es correcto. Es el famoso caso del juego del bebe y el sonajero, que dejará caer una y otra vez para comprobar que los objetos dejados sueltos en el espacio se caen siempre al suelo.

En los meses sucesivos, no hace más que aprender y aprender, de manera que a los cuatro años su inteligencia ya ha alcanzado el cincuenta por ciento de su capacidad total (que se consigue a los 17 años). Cuantas más sinapsis entre las neuronas se formen, tanta más capacidad de for­mar nuevas sinapsis. Un ejemplo de la vida adulta se­ría el aprendizaje de un nue­vo idioma. El primero aún cuesta mucho trabajo, pero el cuarto o el quinto resultan más fáciles porque existen ya tantas sinapsis que es senci­llo “enganchar” en ellas las nuevas palabras.

El bebé no puede desarro­llar su inteligencia si no cuen­ta con dos premisas importan­tes: sus sentidos y la seguri­dad emocional de sentirse amado. Sin la vista, el oído, el tacto y los demás sentidos, no podría percibir todos esos importantes estímulos exter­nos que provocan la creación de cada vez más ramificacio­nes cerebrales. Y no podría captar bien lo que le entra por los sentidos si no contara con una sólida seguridad emocio­nal. Las emociones en la épo­ca de la lactancia están rela­cionadas siempre con las per­sonas de su entorno, especial­mente con la madre. Y sus sentimientos son absolutos: o se siente totalmente bien o fa talmente mal. La presencia, las voces y las caricias de los suyos hacen que el bebé se sienta contento y seguro.

¿Cómo reconocer la inteligencia del bebé?

Los científicos disponen de complicados métodos y apa­ratos para medir la evolución de la inteligencia, pero ¿Có­mo pueden comprobar los pa­dres el desarrollo de su hijo?

En primer lugar, a través de la observación diaria. En el contacto cotidiano, los pa­dres verán cómo se van per­feccionando los sentidos del bebé, cómo despierta su cu­riosidad y cómo tratará de imitar lo que ve a su alrede­dor. Ya antes de cumplir el mes, el recién nacido mira y atiende cuando le hablan. También escucha y gira los ojos en dirección a un sonido.

Al mes, imita el hablar de la madre abriendo y cerrando la boca. A las ocho semanas sonríe cuando se le acerca una cara conocida. Cuando cum­plé los tres meses, empieza a investigar intensamente su propio cuerpo, por ejemplo, mirándose las manos. A par­tir del cuarto mes, ya es muy curioso e investiga todo nuevo que ve y oye; ahora aprendizaje comienza a más activo: imita a los de y quiere probar las cosas sí solo.

Para ver cómo su hijo e luciona, los padres pueden cer la prueba de lo viejo y nuevo. Se cuelga un nue móvil sobre la cuna (sin tar el viejo), mostrándole figura o una parte concr Las miradas del pequeño del objeto viejo al objeto yo, pero terminará por al nuevo durante más tie Es la señal de que ya ha c prendido el objeto viejo.

La doctora Miriam St pard, en su libro Tests para hijo (Grupo Editorial CEA Barcelona, 1994), descrito numerosas pruebas para cont probar la vista, el oído, el guito y también la inteligencia del pequeño, proponiendo mismo tiempo la manera estimularlo. Lo recomendamos a todos los padres que quieren seguir la evolución de su pequeño en forma conciente.

Lo que deben tener claro es que ningún bebé aprenderá algo para lo que no esté suficientemente maduro. Pe eso, los estímulos siempre de ben corresponder a la edad la evolución natural del pequeño. Y, sobre todo, hay que ofrecerle el estímulo más in portante: el amor. Sólo así su inteligencia se desarrollará e forma óptima.

Ana Ruiz

Fuente: Revista Ser Padres Nro 100

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